En el mundo de la sociedad en manadas, cuesta muchísimo saber sobrellevar la posibilidad de ingresar nuevos afectos. La rutina condiciona a la mente, nos volvemos lentos, erráticos, impertinentes y sobretodo necios. Inalterables a la posibilidad de cambio, omitimos errores y nos decimos "ya va a pasar", "ella/él, cambiará por mí, cuando se de cuenta de lo que estoy pasando", y la más jodida de todas las variantes, "no, si no es tan importante para mí hablar de esto y convertirlo en problema". La verdad, que para todo orden de cosas, primero. La oscuridad siempre ganará a la luz. Tal vez demore eónes, pero donde no habita un Dios, no hay cabida para un marco moral y teórico, carente de la necesidad de un "algo más grande que yo" por sobretodo lo demás. Y segundo, todo proceso de quiebre de la voluntad humana, requiere de tiempo, espacio, e incluso en algunos casos, lágrimas. Es confusa la pequeña levedad del ser.