cuesta muchísimo saber sobrellevar la posibilidad de ingresar nuevos afectos.
La rutina condiciona a la mente,
nos volvemos lentos, erráticos, impertinentes y sobretodo necios.
Inalterables a la posibilidad de cambio,
omitimos errores y nos decimos "ya va a pasar", "ella/él, cambiará por mí, cuando se de cuenta de lo que estoy pasando", y la más jodida de todas las variantes, "no, si no es tan importante para mí hablar de esto y convertirlo en problema".
La verdad, que para todo orden de cosas,
primero. La oscuridad siempre ganará a la luz.
Tal vez demore eónes, pero donde no habita un Dios, no hay cabida para un marco moral y teórico, carente de la necesidad de un "algo más grande que yo" por sobretodo lo demás.
Y segundo, todo proceso de quiebre de la voluntad humana, requiere de tiempo, espacio, e incluso en algunos casos, lágrimas.
Es confusa la pequeña levedad del ser.
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