Reinventarse solo,
ignorar las omisiones,
otorgarle sentido a la ausencia,
seguir respirando a pesar de sentir que eres solo un medio para un propósito.
El apoyo diluye de entre los dedos,
y cuesta ver lo físico donde habitaba lo emocional, cuesta también entonces, ver lo emocional de manera precisa, cuando lo físico es la actual norma reinante de tu propia ausencia de afectos.
Supongo que a veces uno olvida,
que hay ausencias que duelen,
pero más complicada se vuelve la vida,
cuando las presencias son las que -te- matan.
Supongo que si a todo ésto debo verle un lado bueno, es que he confirmado que en el mundo de mis afectos, llevo mi vida igual que la entropía y discordia que habita mi cabeza.
Decenas de caminos, y uno -solo- en la mitad,
sin brújula,
sin hogar,
sin destino,
sin norte y sin pasajeros.
Supongo que el camino se irá trazando solo,
hasta que me tope con otro piso doce,
otro bronce,
otro acero que perturbe la biología,
y como si de un trámite más se tratase,
aceptar lo que venga con la comodidad que tengo cada día al despertar,
errante,
imprecisa,
condicionada,
y deseando que el caos cese.
Un día a la vez.
Un puto día a la vez.