Y aún así decidiste seguir,
mirando directamente al sol,
olvidando que tú disfraz de plumas y cera,
no era suficiente preparación para mantenerte en vuelo.
Pedía, imposibles para una mente ausente,
y evitaba mirar directo al sol,
cuando sabía que me quemaría la retina,
carbonizaría la carne,
destrozaría los tejidos,
y si aún quedaba cuerpo para dañar,
respirar ese aire caliente, lentamente sofocaría los pulmones.
Creías saberlo todo,
minimizar el daño, sabiendo a lo que vas,
pero olvidas en un instante,
lo débil de la carne, lo frágil de la mente,
y lo ciego que puedes ser,
cuando al terco lo rodea ese calor abrazador del afecto corpóreo.
Y ahí vas, nuevamente Ícaro,
directo al sol.
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