cuando una vez más,
eres al mismo tiempo el único soporte para esa vorágine en tu propia cabeza.
Te vuelves errante,
el tiempo abunda,
y la necesidad de conocerte sobrepasa a la realidad,
eres un mundo,
y tú mundo se cae a pedazos,
piezas que tú mismo decidiste sacar,
y aún, hoy, no sabes dónde dejarlos.
Las piezas de lo que fuiste,
diluyen a la complejidad de la logística.
Desvanecen a los segundos y los minutos,
y te resulta nuevamente imposible sentirte cómodo en tu propia piel.
Y las ganas de ser,
con cada amanecer son aún menos.
Rendirse.
Un poco más.
Un día a la vez.
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